Hubo una vez un hombre que amasó una deseable fortuna. Les dió a sus hijos todo lo que necesitaban y más, amó a su esposa, cometió sus errores y juegó con fuego.
Sí, con fuego.
Llena de celos, odios y cóleras, una mujer lo maldijo. Le dijo que todos sus hijos tendrían la misma maldición desde que fueran hombres hasta que la locura los ciege o el momento más feliz los libere. Pero siempre los hijos heredarán lo que esa mujer le dió al hombre.
Todos son considerados hombres a partir de los 15 años, edad en que son capaces de sentarse a la mesa familiar a conversar con los mayores, tomar decisiones para sus vidas y aullar.
Si, ellos aúllan. En las noches donde la luna brilla y se muestra redonda ellos salen a los jardines, miran hacia arriba y sus ojos se dilatan llenos de terror. Podrían jurar que les crece el pelo y dientes, pero lo más seguro es que, estando solos o acompañados, suelten lastimeros aullidos.
El dolor los embriaga, puesto que son las noches más dolorosas que les toca vivir. Lo ven todo, y lo saben todo, pueden sentir que llegarán momentos tristes aún antes que puedan conocer a la persona con quien llegaran. Y aúllan.
Lo huelen todo, desde la tristeza hasta las mentiras que rodean a la gente. Y lo aúllan.
Con los años van adquiriendo características y costumbres que solo entre ellos pueden identificar, pero les aterra el saber que sus hijos en algún momento tendrán que escuchar de sus bocas las palabras que explicarían el porque de muchos comportamientos extraños.
Son pocos los que despiertan y se liberan de los aullidos, muchos los que lo hacen entregandose a la locura otros porque la muerte los alcanza y muy pocos los que vencen con el más feliz de los momentos.
Todos la buscan, quieren saber porqué todos tienen que tenerla. Buscan hasta determinada edad y luego sus hijos continuan la busqueda. Nadie se atreve a investigar más. Pero sueñan con ser libres de algo que no todos merecen.