martes, 31 de agosto de 2010

Adios marino II

Había mucha gente en la entrada, el principal problema era abrirse paso entre tanta gente vestida de colores oscuros y algunos que rompían con la uniformidad del momento.

Entre saludos y sonrisas de compromiso, entré medio saludando y dando (inconcientemente) disculpas por no conocer a nadie. Lo primero que noté fue a mi bisabuela, pequeñita, diminuta pero tierna a la vez en un sofa. Era el centro de todo, pero sin embargo tan sola.
En su rostro se notaba la tristeza profunda de quien ha perdido algo demasiado valioso que nada podrá reemplazar, y que incluso ha estado mucho tiempo ligado a el.
La notable tristeza de perder a la persona con quien (notoriamente) se ha compartido toda la vida se reflejaba en lagrimas y llantos de desesperación que por la avanzada edad no pueden producirse como en años mozos.

Pensé en ese momento en que si alguna vez alguien me llorará de ese modo o si tendré la lamentable oportunidad de hacerlo. Me imaginé dentro de un cajón de madera y rodeado de una prole mediana y tambien en un sillón ya viejo, sin ganas de tener visitas en la casa en ese momento tan aciago.

Fue cuando noté el ataud. Estaba cubierto de la bandera rojayblanca, típico de las personas que han defendido al país con sus manos contra invasores o enemigos. Ví una foto de mi bisabuelo con su uniforme militar y a su lado su kepi.
En la pared estaban las relucientes medallas sobre las diplomas viejas y algunas nuevas firmadas por presidentes que reconocían la labor a la patria y demás cosas que al parecer a no muchos le interesaron.

Adiós marino

No tengo mucha cercanía con la familia de mi papá biológico. De hecho, sólo conozco a unos cuantos de esa rama e incluso no podría decir que conozco a mi papá enteramente.

He estado acostumbrado a que en las ocasiones que he tenido que visitarlo por algún evento familiar (esa familia es gigante) siempre hay que hacer las presentaciones del caso y naturalmente recordar a quienes ya conocía de vista. Los comentarios de “que grande estás” están a la orden del día y las sonrisas de presentación y asombro no faltan en ningún lado.

Lo que siempre hemos sabido mi hermana y yo, es que la familia creció enormemente desde el patriarca Don Alfonso (bisabuelo mío) que fue marino de profesión (mercante y de guerra) participó en conflictos armados con el Ecuador y regresó victorioso, tiene un diploma y una medalla firmada por el presidente Prado en donde se reconoce su valor y servicio a la patria.

Tuvo, en la familia 11 hijos y nunca entenderé como hizo con tanto crío. Conoció a su esposa desde temprana edad e incluso llegaron a celebrar las bodas de Oro, Esmeralda y Diamante.

Naturalmente, según las antiguas costumbres, él es mayor y ella tiene 97 años. Han llegado a tener nietos, biznietos (contándome) y tataranietos (contando a mi retoño) por doquier.

Hoy en la mañana recibí una llamada de mi papá, me contó que el abuelo estaba muy mal en el hospital naval y que fuera a verlo porque al parecer agonizaba.

Me vestí y fui con mi mama (la familia de mi mama y de mi papa tienen una larga amistad que se remota desde que mis abuelas eran niñas, pero más era mi bisabuela amiga de mi abuela a pesar de las diferencias de edades), había gente que “conocía” y que no conocía, afronté los saludos y presentaciones del caso y luego de un rato procedí a entrar a ver al bisabuelo.

Lo que me imaginaba al entrar era muy diferente a lo que vi. Me quedé un largo rato mirando la vida artificial del bisabuelo mientras pensaba en si alguna vez mis hijos (refiriéndome a hijo(s) y nieto(s)) me verían así. Me sentí como cuando Bolívar miraba a su esposa en la cama y luego de cogerle el pie salí.

Ya en la tarde mi papa me envió un mensaje al celular, el bisabuelo ya había fallecido. Espero que mi abuelo lo reciba y guié dondequiera que estén ambos.

Sospecho que en donde estén se echarán varias chelas.

domingo, 8 de agosto de 2010

(Mi vino... mi queso... mi pan...)

Ya ha pasado más de un año desde que regresara de un autoexilio; sin embargo, son muchas las heridas que no cierran y cicatrices que nunca desaparecerán.
¿Cómo se reinicia una vida, cuando en el fondo sabes que nada nunca será igual?

La gente es diferente, sus actividades son otras, sus ideas han cambiado... como dijo alguien: "Hace tiempo que las lealtades han cambiado".

Nunca entenderán que yo no he regresado. Aún sigo descansando y mirando el Ávila a traves de la ventana de un hotel en Caracas mientras sueño con lo que haré el día siguiente, si probaré otro chocolate savoy, si tomaré papelón con limón o tomaré un bus a Valencia. Otra parte de mí sigue caminando por Gran Vía e intentando pasar desapercibido entre toda la gente y pensando si entrará a Pans o buscará un restaurante argentino. Quizá sobrevolando las montañas verdes o el mar caribe, quizá las montañas tan irregulares de Portugal o la inmensidad del Atlántico.

No termino de regresar, nadie lo nota a excepción de grandes personas. Necesito tiempo a solas pues aún siento que estoy bajo la nieve bebiendo solo y viendo una programación basura en la televisión.

No regresaré, debo buscar mis otras partes.