martes, 19 de abril de 2011

I

Mi historia empieza en el mar, ahí donde valientes hombres de fuertes pechos y brazos abandonaban sus hogares y mujeres para lanzarse a la aventura que el amplio océano invitaba, muchos de ellos, contagiados por la fiebre y enceguecidos por la cólera, iban en busca del oro dorado del nuevo continente, otros por lealtad a los monarcas y a la cruz y pocos, tan solo unos cuantos eran movidos por la suerte y voluntad de pionero.

Allá, en donde largos navíos y naos zarparon a la aventura sin conocer su destino o suerte o quizás pensando que terminarían en el vientre de ciclópeos monstros marinos; un galeón deja el puerto y poco a poco se adentra en el gigante marino. Día tras día los hombres solo hablan de las maravillas del nuevo mundo, un lugar en donde hay un nuevo espacio para construir sus vidas, lejos de la apretujada Europa ellos tenían otra oportunidad para construir el espacio que tanto soñaban.

Pero ellos desconocían que también llevaban una enorme maldad en el navío. Poco a poco la tripulación empieza a dar cuenta que hombres desaparecen cada cierto tiempo sin dejar señal alguna salvo sus cosas personales que quedan abandonadas. Muchos piensan que se pueden haber caído por la borda, pero ¿Por qué no pedir auxilio? Los más atemorizados hablan que podrían haber sido engullidos enteramente por alguna monstruosidad marina o llevados por sus largos tentáculos a la profundidad del mar, no hay signos de lucha, ni de resistencia, simplemente los hombres faltan y el viaje ya por terminar tiene la mitad de los hombres que tenía al empezar la empresa.

El capitán, preocupado por las desapariciones y un presunto motín, forma una junta con los demás oficiales y decide revisar cada recodo del navío. Los hombres se arman y envían a los demás tripulantes y viajeros a cubierta y se adentran a los rincones más oscuros del navío.

A medida que se adentraban en el navío, un olor a pestilencia llegaba a sus sentidos, en los almacenes de comida y víveres el olor a descompuesto empezaba a embriagar a los hombres y estos intentaban luchar contra el asco ocultando sus narices con pañuelos u otros tipos de tela. Sin embargo, nada encontraban en los almacenes y no había donde más buscar pero el olor seguía ofreciendo una fuerte presencia en el almacén. Las frutas, verduras, granos y arroz seguían frescos, como deberían estarlo, pero entonces ¿de dónde provenía la pestilencia?
Fue cuando uno de los marineros tomó una botella de vino de un estante y notó que la pestilencia era más fuerte en ese lugar. Por orden del capitán el estante es movido de su sitio dejando salir una fuerte corriente de mal olor y un agujero negro arrancado de la pared del almacén. Por más que el capitán intentaba alumbrar, la luz no lograba traspasar el umbral, de modo que, haciendo de tripas corazón se decidieron a entrar a lo desconocido, así como se habían decidido al zarpar.

Cuando El Intrépido llegó al puerto los marineros que estaban en tierra se habían maravillado que absolutamente toda la tripulación se encontraba en cubierta con todas las cosas que (según ellos pensaban) habían podido cargar, y más aún cuando habían colocado sillas, muebles y armas a modo de trinchera como si dentro de las habitaciones descansaran bárbaros o animales salvajes.
En sus rostros se notaba que no habían dormido bien, o inclusive no habían dormido por algunas noches. Bajaron atropellándose y huyendo rápidamente del puerto como pudieron, algunos en carrozas, diligencias y siendo solidarios de llevar a la gente que debía de irse a pie. Inclusive el capitán, se negó a retirar sus objetos personales de su alcoba y prefirió irse directamente a hablar con sus superiores dejando a los marineros totalmente desconcertados quienes se dispusieron a descargar las cargas y retirar los desperdicios.

El capitán, Carlos de la Torre (apellido que le había servido de mucho en su vida de marino), entró al salón donde algunos almirantes y comodoros ya lo esperaban gustosos de recibir correspondencia y noticias de los otros frentes.
Sin embargo a juzgar por la expresión del Capitán de la Torre sospechaban que algo no había salido bien en el viaje.

Los balbuceos del Capitán de la Torre eran incompresibles, incongruentes e ilógicos para los almirantes y comodoros, palabras como “demonio”, “bestia”, “carne”, “cadáveres” no entraban en un contexto y menos en el contexto que el capitán quería exponer mientras agitaba los brazos y su rostro palidecía cada vez más que ahondaba en sus peroratas. Pero su rostro palideció más cuando el Comodoro de la Cruz le señaló al capital que El Intrépido acababa de soltar amarras y se alejaba del puerto.

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