Entre saludos y sonrisas de compromiso, entré medio saludando y dando (inconcientemente) disculpas por no conocer a nadie. Lo primero que noté fue a mi bisabuela, pequeñita, diminuta pero tierna a la vez en un sofa. Era el centro de todo, pero sin embargo tan sola.
En su rostro se notaba la tristeza profunda de quien ha perdido algo demasiado valioso que nada podrá reemplazar, y que incluso ha estado mucho tiempo ligado a el.
La notable tristeza de perder a la persona con quien (notoriamente) se ha compartido toda la vida se reflejaba en lagrimas y llantos de desesperación que por la avanzada edad no pueden producirse como en años mozos.
Pensé en ese momento en que si alguna vez alguien me llorará de ese modo o si tendré la lamentable oportunidad de hacerlo. Me imaginé dentro de un cajón de madera y rodeado de una prole mediana y tambien en un sillón ya viejo, sin ganas de tener visitas en la casa en ese momento tan aciago.
Fue cuando noté el ataud. Estaba cubierto de la bandera rojayblanca, típico de las personas que han defendido al país con sus manos contra invasores o enemigos. Ví una foto de mi bisabuelo con su uniforme militar y a su lado su kepi.
En la pared estaban las relucientes medallas sobre las diplomas viejas y algunas nuevas firmadas por presidentes que reconocían la labor a la patria y demás cosas que al parecer a no muchos le interesaron.
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